Un momento de alegria
–Estimados pasajeros: nosotros no venimos a pedir limosna.
–Claro que no, ¡venimos a exigirla!
–No payasita, venimos a hacerle pasar a los pasajeros un momento de alegría.
–¿Y cómo vamos a hacer eso?
–Primero que nada, salude usted a la gente.
–Pero si son muchos, nunca voy a terminar.
–¡No sea payasa!, salúdelos con la boca.
–A ver señor pasajero, pare usted la trompita.
–¡Así no sonsa!, con la lengua.
–Huy joven, ahora si va usted a salir rayado.
–Me refiero a que los salude con palabras.
–Por ahí hubieras empezado, ¡buenas tardes señores pasajeros!
El vagón es una gran lata de sardinas en donde el calor de la gente se suma al calor del mediodía. Hay caras largas, caras cansadas, caras dormidas. Los cuerpos se frotan unos con otros. Transpiran. Los olores se mezclan formando uno solo. Sauna, masaje y viaje, así es el metro.
–Y dígame: ¿usted en qué trabaja?
–Yo trabajo en la ataide.
–¿En el circo atayde?
–No, trabajo en la ataide, en la noche y en la mañana...
–Lo que yo quiero saber es porqué es usted payasita.
–Pues porque traigo la cara pintada.
–¿Pero porqué trabaja en esto?
–No sepo
–Se dice: no sé.
–Ah pues no sabo
–¡No sé!
–¿Si no sabes pa´ qué me interrumpes?
Cada pasajero parece ajeno a lo que sucede a su alrededor, Tan cerca los cuerpos, tan lejos las mentes. Los ejecutivos de traje y corbata. Los viejitos con la esperanza depositada en las gotas milagrosas. Las niñas punk mostrando sus tatuajes nuevos. El darketo preocupado porque no se corra su maquillaje. La señora embarazada esperando a que alguien le ceda el lugar. El joven de los audífonos ignorando a la señora embarazada.
–En mi casa siempre fuimos pobres.
–¿Que tan pobres eran ustedes?
–Tan pobres que en lugar de usar camisa, mi mama nos pintaba los botones en el pecho.
–No me diga, ¿tanto así?
–Si, éramos tan pobres que comíamos a la carta.
–Oiga payasita, comer a la carta es un lujo.
–No, nosotros tomábamos la baraja y el que sacara la carta mas alta, comía.
–Payasita, en vez de causar penas, despídase usted de los pasajeros.
–Hasta luego señores pasajeros, muchas gracias por permitirnos traerles este momento de alegría.
–Con lo que guste cooperar, recuerde que nosotros no venimos a pedir limosna...
Cuatro pesos y cincuenta centavos después, los ojos tristes y el escaso maquillaje descienden del vagón cuatro del metro. Una estación mas para algunos, una estación menos para otros. Es turno del ciego del acordeón, quien toma su lugar habitual. Ahora el ambiente es invadido por el calor, por los olores que se confunden y por un ruido que se alcanza a distinguir como los caminos de Michoacán...
TEXTO: FRANCISCO MATA
FOTOGRAFIA: FRANCISCO MATA ROSAS



La sala se mueve y las luces se superponen comenzando a girar como un tiovivo, algo así debe ser morirse, debo estar muriéndome, sin embargo, ahora me siento aún más solo que estando vivo, todo es más oscuro, más frío…más mentira.
El día de la cena salió del mercado harta de tanta berza, tanta lechuga y tanto calabacín, pensando, que quizás, el lograría cambiar el rumbo de su agrícola vida. Se arregló como hacía mucho tiempo que no lo hacía, pasó incluso por la peluquería para peinarse, deseaba que todo fuera perfecto. Toda su ilusión se vino abajo al instante cuando, con todo el cariño, el preparó para cenar lo que mejor sabía preparar, su plato estrella, una finísima crema de verduras.